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Comisión de la Verdad

Crímenes contra el amor

El secuestro de ser un crimen cometido por guerrilleros, pasó a cometerse también por paramilitares, en mucha más medida de la que se ha hecho visible. En unos y otros, el ser humano estaba cosificado, convertido en botín, herido en su dignidad.

Septiembre 22 de 2020

La conversación de Ingrid Betancourt con Pacho de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, ocurrió el día justo, en el tono justo, con las palabras justas. No era una charla para exhibir las heridas, sino para hablar de las cicatrices, un diálogo que mostró un camino para que se tiendan puentes de humanidad entre víctimas y responsables de crímenes cometidos en la guerra. “Necesitamos llorar juntos”, les dijo Betancourt a los exdirigentes de las FARC, luego de dejar claro que el secuestro es un asesinato de la identidad, pues nadie vuelve a ser el mismo después de sufrirlo. Sus palabras, firmes pero serenas, sirvieron de catalizador para que los otrora guerrilleros hicieran una manifestación pública de reconocimiento sobre el dolor causado a quienes sufrieron el cautiverio.

Con este acontecimiento tan esperanzador se abrió una semana de reflexión y aprendizajes sobre el secuestro. Tuvimos una charla privada con excomandantes de diversas guerrillas quienes hablaron con enorme sinceridad sobre el uso del secuestro en el contexto de la guerra. Uno de ellos lo llamó un crimen contra el amor, porque, más que el propio secuestrado, es la familia quien sufre, y a quien se le transfiere la responsabilidad sobre su libertad y su vida.

Recordaron que las narrativas que justificaban el secuestro en algunas insurgencias fue la del “enemigo de clase”, es decir, el capitalista que debe pagar, con su dinero o su libertad, las armas de la revolución. También reconocieron que el secuestro se masificó de tal manera que los hacendados de muchas regiones vendieron sus tierras y estas quedaron en manos de narcotraficantes, que llegaban con sus ejércitos privados.

El secuestro llegó a ser una gran industria en Colombia, al punto de que se podían asociar miembros de la fuerza pública, guerrilleros y delincuentes comunes para transar con la vida, y luego repartir las ganancias. De ser un crimen selectivo, pasó a hacerse masivo, e indiscriminado. De ser una táctica de financiación pasó a ser una estrategia de guerra. De ser un crimen cometido por guerrilleros, pasó a cometerse también por paramilitares, en mucha más medida de la que se ha hecho visible. En unos y otros, el ser humano estaba cosificado, convertido en botín, herido en su dignidad.

En un panel de académicos que nos acompañó en otra jornada de trabajo, éstos contaban cómo muchas familias vivieron este suplicio en silencio, solos, en largas y desoladoras negociaciones con interlocutores invisibles.  

Una reflexión final estuvo a cargo de quienes lucharon a brazo partido por lograr liberaciones, poniendo la humanidad por encima de la política o la guerra, bien fuera desde la sociedad civil, desde el Estado o desde iniciativas humanitarias. Mostraron el vaso comunicante entre estas luchas por la libertad y la construcción de paz como horizonte para erradicar esta práctica brutal.  

Muchos de estos gestores llevaron sobre sus hombros el estigma, el señalamiento, la sospecha, la amenaza o la muerte. Se le hizo un homenaje a Jaime Garzón, cuyas gestiones humanitarias lo convirtieron en blanco para sus asesinos. Según monseñor Héctor Fabio Henao, que acompañó esta sesión, hay que volver a hablar del secuestro porque por esa herida, aún abierta, pasa la reconciliación del país.  Así sea.

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