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Comisión de la Verdad

El muertico

Un relato sobre el drama de los asesinatos selectivos.

Noviembre 15 de 2018

el muertico blog alfredo molano

 

Nadie supo ni cuándo ni por dónde llegó. Tampoco el destino que llevaba. Nos vinimos a pellizcar cuando se oyó un tiro seco en Telecom y el hombre, que era grande, por cierto, entrado en años y vestía de negro como si hubiera venido a su entierro, se recostó en la baranda, se miró sangrante y salió dando pasos cortos, de mal paso. De seguro lo era, digo yo, recordando sus ojos vencidos. Llegó a la puerta sin que nadie se compadeciera ni lo mirara. Eran tiempos en que no se podía mirar lo que no se debía mirar. Pasó dando tumbos al lado mío y siguió derecho hacia un palo de almendro grande y sombroso. Se tumbó al pie del árbol a echar sangre por donde le calaron el balazo. Era una sangre espesa, lenta, que le fue empapando la camisa, alcanzando la cintura y bajando por el pantalón.

Al medio día comenzó a quejarse con un quejido hondo, un resuello de animal. La gente pasaba, no miraba, no oía. Oír era también peligroso. En un abrir y cerrar de ojos podía uno convertirse en un testigo y en las que andábamos, un testigo es casi un sapo que carga un expediente pesado que lo vuelve enemigo de unos o de otros. Porque en medio cruces vivíamos.

Con el calor que se levanta después de una noche lluviosa, todo se mueve más rápido, todo parece salir de un encapullado. Los resuellos del hombre se hacían más fuertes, ya no eran como cosa de él, ya salían huyéndole despavoridos y se oían de lejos. Así y todo, nadie volteaba a mirarlo ni a oírlo. Al atardecer algo le dio un brinco por dentro, dejó de quejarse y parecía que, por fin, la muerte le estuviera entrando. Pero no fue así. Cuando volvió la noche, recuperó el resuello y cuando las puertas de las casas y las ventanas se habían cerrado, la quejumbre se volvió más ronca y carrasposa. 12 horas después del balazo pasó una moto y el pato que iba atrás, le caló al hombre dos plomazos en pleno pecho como para ayudarlo a irse. Pero tampoco fue: los tiros sólo le hicieron cambiar de posición las piernas y encaramó una sobre la otra. El ruido de su pecho siguió dando miedo, ya parecía que hubiera hecho caleta en todo el pueblo, como si hubiera llegado a quedarse. Dos horas más tarde otra moto, o la misma, con los mismos o con otros, se volvió a oír pasar junto a eso que no era ni siquiera un cadáver y le descerrajaron otros dos tiros. El hombre seguía dando qué hacer. Siguió muriendo al son de su resuello toda la noche. Siete tiros le cupieron sin que muriera. Tenía el corazón de tortuga.

A la madrugada debió soltar el último resuello. Cuando aclaró y ya ni se movía ni se oía, y ya casi olía. La gente, por fin, pudo ir a mirar el cadáver. Se arremolinó en silencio para saber quién era. Nadie supo quién era el muertico. Hasta que el viejo zorrero del pueblo que llevaba al puerto canecas de gasolina para trabajar la coca y sacaba del río cadáveres para arrimar al cementerio, dijo: “Es un pastuso, quedó como un cuy: con las manos cerradas, la boca abierta y las vistas mirando al cielo”.

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