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Comisión de la Verdad

El mundo de ayer, el mundo de hoy

Reflexiones de una comisionada de la verdad en cuarentena.

Abril 29 de 2020

En la quinta semana de cuarentena, he vuelto a leer la autobiografía de mi autor preferido, Stephan Zweig. Su título es de una pertinencia abrumadora: El mundo de ayer. Zweig era, en su treintena, un humanista y pacifista burgués, consciente del esplendor que se vivía en la Viena de principios del siglo XX.  Aunque se escuchaban rumores de catástrofe (estas casi nunca llegan sin avisar), estaba imbuido en proyectos literarios de largo alcance. Aquellos parloteos sobre una posible guerra no parecían serios. No en la Europa de ese momento. 

“Todo se tendía llano y claro ante mi vista en ese trigésimo segundo año de mi vida. El mundo se brindaba hermoso y sensato como una fruta sabrosa en ese verano radiante. Y yo lo quería por su presente y más aún por su porvenir. Pero he aquí que el 29 de junio de 1914 sonó aquel disparo en Sarajevo, que en un solo segundo destruyó en mil pedazos el mundo de la seguridad y de la razón creadora en que nos habíamos educado y en que habíamos vivido, y que era nuestra patria, como si se hubiera tratado de un cántaro de barro”.

Hago asociación libre. Me remito a uno de los libros de Yuval Noah Harari, Homo Deus, donde el influyente ensayista nos convence de que la sociedad actual le ha ganado la batalla al hambre, la guerra y la peste. En el horizonte del ser humano se vislumbra, por primera vez en centurias, el bienestar, la longevidad y hasta la inmortalidad. Pero he aquí que, como diría Zweig, en diciembre de 2019, en Wuhan, China, empezó la más grande pandemia de este siglo y muchas de las cosas que dábamos por seguras, estallaron en mil pedazos, como un cántaro de barro.

De vez en cuando es bueno recordar que estamos hechos de barro. Así sea de la arena cósmica que produjo el Big Bang. Por lo cual es lógico que el COVID-19 nos profundice cierta ambigüedad existencial. El mundo de ayer está desapareciendo ante nuestros ojos y no sabemos si el que viene será más o menos humano, más o menos democrático, más o menos feliz. Eso produce incertidumbre, al mismo tiempo que humildad. Es un momento de transición global.

Solo he experimentado algo similar en cuatro momentos anteriores: cuando vi arder el Palacio de Justicia en noviembre 1985 y tuve la sensación de que estábamos entrando en una época de barbarie. Cuando cayó el muro de Berlín a principios de los 90 y no sabía si el mundo después del socialismo sería mejor o peor para los pobres del mundo.  Cuando se rompieron los diálogos de El Caguán en 2002, mientras nos ahogábamos en un baño de sangre. Y ahora.

No es una simple gripa. Nos ha costado meses entenderlo. No es un asunto solo de médicos y de curvas, vacunas, antivirales o inmunidades de rebaño. Las economías sufrirán la peor recesión de la historia y, en un sistema neoliberal como el que predomina en el mundo, las crisis las carga la clase trabajadora. Probablemente la geopolítica sufra un vuelco insospechado. La influencia de China crece en el mundo al ritmo del coronavirus, mientras es una incógnita como saldrán Estados Unidos y Europa de este asunto.  

El impacto político y cultural, en todos los lugares de la tierra, será profundo y de largo plazo. Quizá esta no sea más que la puerta de entrada a un mundo que tendrá que convivir con virus desconocidos una y otra vez. Como aquel disparo en Sarajevo que resultó ser el portal de una etapa de guerras cuyas consecuencias resuenan hasta nuestros días.

Es probable que más tarde que temprano, la pandemia se aplaque. Aun así, no sabemos la magnitud del daño que dejará a su paso, ni el precio que tendremos que pagar por su control. Precio que se tasará en valores preciados: vidas, empleos, democracia, y por supuesto, el placer inconmensurable del contacto humano. 

Madonna se equivoca mientras toma un baño

La pandemia les echa sal a las heridas más profundas de nuestras sociedades, que están atadas unas a otras, inexorablemente, por la globalización. La más enconada de ellas: la desigualdad. En eso Madonna se equivocó de cabo a rabo, desnuda, desde su bañera, cuando dijo a sus fanáticos que este virus era un gran igualador social.

Ataca a cualquiera, no hay que ser Madonna para saberlo. El problema es con qué capacidades cuenta cada país, grupo o persona, para enfrentarlo. Está claro que los países que mejor están lidiando con la pandemia son los que más pruebas han logrado hacer y más condiciones tienen de pagar el paro generalizado.   

El virus sí discrimina en cuestiones de color y nacionalidad. En Chicago, por ejemplo, el mayor porcentaje de muertes por COVID-19 está en la población afroamericana, que es una minoría allí. En Nueva York, los mayores afectados son los latinos. Sabemos que los barrios de las afueras de París empiezan a arder de inconformidad, y en general, en las periferias de las ciudades cualquier chispa puede causar un incendio si el cierre de la economía se prolonga.

Claro que también entiende de género. Aunque las mujeres mueran menos que los hombres por coronavirus, ellas, en casi todos los países del mundo, están sufriendo un brutal incremento de la violencia doméstica, derivada del confinamiento.

Colombia no es la excepción a estas discriminaciones. En esta sociedad estratificada, con ciudades segregadas espacialmente por clases sociales, la mayor parte de las muertes, según la alcaldesa Claudia López, están en los barrios donde viven personas de estratos bajos: Engativá, Bosa, Kennedy. La plataforma de datos de la alcaldía muestra como los hospitales del sur y occidente de la ciudad están saturados en sus unidades de cuidados intensivos. No así las clínicas privadas más exclusivas del Norte.

Que mueran más personas pobres que de clases altas no tiene que ver necesariamente con los servicios de salud, sino con la calidad de vida que traen a cuestas, sus preexistencias, el hacinamiento en el que habitan, la imposibilidad de recluirse so pena de enfrentarse al hambre y la ausencia de los mínimos vitales. Somos una de las sociedades más desiguales del mundo. Una que apenas empieza afrontar los desastres que le ha dejado una larga guerra. Una herida sobre otra, al punto que ya no sabe cuál es la que más duele. 

La pandemia deja al desnudo el problema del empleo “basura” que existe en Colombia. Los contratos con casi nula seguridad social son mas numerosos de lo que nos imaginábamos. El más trágico ejemplo es el de los médicos y enfermeras, hoy aplaudidos como héroes, cuyo trabajo por órdenes de prestación de servicios proviene de una mercantilización de la salud. Esta se ha concebido desde hace tiempo como un negocio, y no como un derecho fundamental, como quedó consagrado en la Constitución.

El espolio sistemático del sector salud nos está pasando una amarga factura de cobro. En los últimos 20 años se han desfondado en medio de la corrupción varias EPS, los hospitales fueron saqueados, y las redes públicas usadas como bolsas clientelistas. La inequidad, alimentada por una corrupción galopante, es un bocado de cardenal para el virus.

La desigualdad entre regiones es evidente. Bogotá tiene el mayor número de casos de infectados. Pero tiene los recursos y la gobernanza para afrontarlos. Ya vimos como se vive la pandemia en Chocó y Amazonas. En Guajira y Cúcuta. En una cárcel en Villavicencio o en un pueblo de Putumayo.

No Madonna. Este no es un igualador. Se comporta similar a la guerra y el hambre: se va de frente contra los más pobres, los que no tienen poder ni influencia, los que son considerados prescindibles por el mercado y por las sociedades profundamente instrumentales e individualistas: los viejos, los inmigrantes, los presos, etc.

Las víctimas, empobrecidas otra vez

No he visto reportes sobre cómo les va a las víctimas del conflicto con la pandemia. Pero puedo asegurar que muchas de ellas están pasando hambre. Hacinadas en la ciudad, hacen parte de esa gran masa de rebuscadores. Quienes están en el campo, se quedaron esperando la implementación vigorosa de los Programas de Desarrollo Rural con Enfoque Territorial, PDET. Si estos se hubieran implementado a tiempo, serían una oportunidad para las familias rurales más golpeadas por el conflicto armado interno. Ellas podrían brindarles a las ciudades la seguridad alimentaria que necesitan. Muchas de las víctimas son de hecho campesinas y campesinos, y este debe ser un momento para tomar conciencia sobre su papel, que lleva a cuestas el fardo de la desigualdad, el de la corrupción y el de políticas públicas que han favorecido a un puñado de miembros de las élites.

Claro que el gobierno y las alcaldías han hecho un esfuerzo en lo social, transfiriendo recursos y postergando deudas. Pero hay que decirlo, muy por debajo de lo que han logrado otros países de condiciones similares. Mientras en Colombia se ha invertido aproximadamente 1,7% del PIB en mitigar los efectos de la pandemia, en Perú se ha invertido el 12%, en Chile el 4,7% y en Argentina el 5.6%.  

El argumento de los economistas más ortodoxos es que Colombia tiene la deuda externa muy alta y por eso su margen de maniobra es inferior al de otras naciones. Sin embargo, otros expertos han señalado que la única alternativa del gobierno no es la deuda: todavía le quedan las reservas internacionales o las emisiones del Banco de la República.

Conocedores de los temas sociales como José Antonio Ocampo, miembro del Consejo Asesor de la Comisión de la Verdad, consideran que retrocederemos décadas en materia de combate a la pobreza. En muchos países la pandemia ha sido la oportunidad para plantear el debate sobre la renta básica universal. Me sorprende que en Colombia aún no se hable de ello, o se mire como locos a quienes lo hacen. Es una conversación pertinente porque ante un desempleo masivo, una precariedad del rebusque y una desigualdad tan avasallante, hay que superar el modelo de focalización de subsidios y apostar por otros encaminados a dignificar a mayores sectores de la población pobre.

La confianza como virtud democrática

También estamos viviendo una paradoja en materia política y de democracia. Los Estados, que habían quedado reducidos a su mínima expresión durante el ya largo reinado de las políticas neoliberales, ha vuelto a la palestra. Está claro que, en esta, como en todas las crisis, es el Estado el que finalmente se lleva la mano al bolsillo para salvar el embrollo. Sin duda, el papel del Estado como regulador será un tema candente en los próximos años.

La “resurrección” del Estado, trae consigo grandes interrogantes sobre la política y la democracia. Estas crisis son demasiado serias como para ponerlas en manos de megalómanos, fanáticos o inexpertos. Hay quienes creen que los países con capitalismos de Estado, como China o Vietnam lo han hecho mejor, porque son sistemas con baja democracia y alto control social. O que la disciplina de las sociedades asiáticas o nórdicas contribuyen a un mejor manejo no solo de la pandemia sino de sus consecuencias sociales y políticas. Sin embargo, me parece importante cruzar otra variable: la confianza en las instituciones. 

No dejo de pensar que Alemania ha tenido un comportamiento peculiar, basado en el liderazgo sereno de la señora Merkel, quien, por lo demás, ante la sospecha de estar contaminada con el virus, guardó el aislamiento obligatorio. Christiean Drosten, el virólogo que la asesora, le dijo a The Guardian que la Merkel entendió que está trabajando para la ciudadanía y no para los políticos. Y se basa en datos y evidencia científica.  

La paradoja consiste en que volver los ojos al Estado también conlleva el riesgo de darle más poderes sobre la vida de la gente y eso es algo que, por supuesto, no es atractivo en países con bajos estándares en materia de derechos humanos, que combinan altísimos índices de corrupción. O en lugares donde los para-estados mafiosos son ya parte de la “nueva normalidad”.

La confianza se torna crítica porque en casi todos los países del mundo los presidentes han actuado bajo estados de excepción que les dan super poderes. Son momentos en los que la división de poderes, la transparencia de los gobiernos, y el acceso a la información son claves.  Más allá, se espera que estos líderes impulsen acuerdos globales, que permitan imaginar el futuro colectivo, y no escuchen los cantos de sirena del autoritarismo. 

En Colombia los niveles de coordinación entre el gobierno central y los gobernadores y alcaldes, que están jugando papeles muy activos, es bastante tecnocrático. No parece haber un diálogo político vigoroso, que es lo que se espera en un momento donde la palabra “reconstrucción” empieza a usarse con bastante frecuencia. Los que nos gobiernan deben pensar en acuerdos amplios y audaces. La crisis no atañe solo a los empresarios y políticos. Es un asunto principalmente de los ciudadanos.

La pandemia llega en un momento de transición muy difícil, en el que la capacidad del Estado para ejercer soberanía en el territorio ha llegado a su límite de incompetencia. La implementación del acuerdo de paz es demasiado precaria. Frente a este cuadro de comorbilidad (para usar el lenguaje de moda), el grupo de mayor riesgo social son las víctimas del conflicto armado.  

El otro aspecto crítico en tiempo de coronavirus es el de las emociones políticas. En una entrevista reciente Marta Nussbaum le atribuía a Adam Smith la sentencia de que la simpatía por el otro termina cuando la crisis llega a nuestros hogares. Es difícil especular sobre la cultura política. Pero este parece un momento más distópico que utópico. Efectivamente, puede reforzar el individualismo, el asco social, el sálvese quien pueda. También puede ocurrir lo contrario y que se refuerce el autocuidado y el amor al prójimo. De hecho, algunos marxistas apuestan que este podría ser el último suspiro del capitalismo salvaje.   

Si nos espera la ruina o la emancipación depende de las decisiones políticas y éticas que tomemos. No sabemos si la pandemia acrecentará el miedo colectivo y el instinto de supervivencia, o si por el contrario activará la humildad y la solidaridad. Si surgirá una nueva conciencia global, o si terminará por sumirnos en un mundo digital, auto-referencial, sin piel.

Lo que sí puedo apostar es que el desenlace emocional afectará profundamente el comportamiento ciudadano; y este a su vez tendrá gran incidencia en el tipo de gobiernos que elegiremos en cada país. La política del coronavirus apenas comienza.

La vida por encima de todo

Por primera vez en mucho tiempo los políticos se toman en serio a los científicos, más allá de la foto de campaña. El coronavirus nos deja ver, descarnadamente, lo que es el atraso científico en un mundo donde los datos y la inteligencia artificial tienen gran poder de predicción.

Debe ser muy difícil tomar decisiones serias en medio de una precariedad de información como la que, en mi opinión, tenemos en Colombia. Ese es el primer problema: no conocer el fenómeno en su real magnitud. El hecho de que la ciudad de Bogotá esté poniendo datos en tiempo real en la internet es un avance muy importante.

Pero los datos, las cifras, la geo-referenciación, son solo una parte de la historia. La otra parte no la conocemos. Y es muy importante. Tenemos y debemos saber quiénes son los que están muriendo. En qué condiciones vivían. Cuál es el mapa social de la pandemia. Donde y como se disemina. Que factores lo hacen más virulento. Es difícil, pero conocer lo que ya pasó es lo único que permitirá adelantarse y prever lo que pasará en los próximos meses. Sólo así se evitarán nuevas muertes.

La verdad es exactamente eso: una comprensión de cómo se comporta cierto sistema o proceso, al punto de poder prever como seguirá comportándose. O cómo intervenir en él para transformarlo. Sobre el coronavirus sabemos aún muy poco. Con lo poco que se sabe, podemos hacer algunas cosas para frenarlo, como encerrarnos en la casa por un tiempo indefinido. Pero siempre hay que hacer más.  

Es la primera vez, desde que tengo memoria, que en Colombia la vida está por encima de otros intereses, sean políticos, económicos o militares. Estos días he tratado de recordar en que país nos convertimos cuando el Palacio de Justicia ardía en llamas, con toda una generación de ilustres magistrados adentro, y de guerrilleros dispuestos a inmolarse. Que clase de sociedad era la que aplaudió el fin de un intento de paz de El Caguán, que dejaba en el infierno a centenares de secuestrados, y que llevaría a la muerte a miles de civiles, soldados y guerrilleros. ¿No se nos ocurrió que ni la economía, ni la política, ni la estrategia militar justificaban tantas vidas sacrificadas? ¿Por qué no se intentó lo impensable para frenar el desangre?

Aplanar la curva: se puede

Aún estamos a tiempo. La verdad que nos dejará el coronavirus es que la vida es lo más importante. Que no queremos morir, ni que nadie muera. Que las muertes por guerras, por enfermedades y por hambre, son evitables. Dependen de las decisiones políticas que toman las sociedades. En Colombia, aún hoy, mueren más personas por la violencia, que por el COVID-19.  Durante estas semanas, el conflicto armado se ha reproducido a mayor velocidad que la pandemia. Cada noche, mientras el presidente habla en la televisión, grupos de sicarios estrechan el cerco sobre las poblaciones que siguen bajo la dictadura de sus armas.

No me cabe duda de que como en Italia y México, las mafias colombianas serán las primeras en adaptarse y sacar provecho de la “nueva normalidad”. Cuando hablo de mafias me refiero a un amplio espectro que va de una sofisticada apariencia de legalidad a la total ilegalidad. En las regiones donde estas operan a sus anchas, el paga-diario otorga préstamos fáciles, al 20%, y mañana cobrarán con sangre esas deudas. Temo que ante una masiva caída del trabajo y el rebusque, muchas manos se vayan a coger coca o a engrosar las filas de estas estructuras criminales. Que la crisis económica abra los canales de una gran operación de lavado de activos. Y que estas mafias, boyantes, con el dólar por las nubes, sigan financiando a los grupos armados y las campañas políticas y así, de manera circular, sigamos en el pasado.

El ELN abrió una pequeña ventana de esperanza con un cese del fuego de un mes que está a punto de vencer. Es un grave error cerrarla ahora. En este momento, cuando ya ningún esfuerzo parece exagerado en favor de la vida, la tarea mayor debería ser frenar la curva ascendente del conflicto armado. No es fácil, pero ya sabemos que tampoco es imposible.

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