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Comisión de la Verdad

“La verdad para nosotros es sinónimo de respeto”: médico tradicional sikuani

La Comisión de la Verdad inició su recorrido por la región de la Altillanura en Vichada, un departamento fundamentalmente poblado por pueblos indígenas que reclaman ser reconocidos por la sociedad en su dignidad humana, política y cultural.

TRAVESÍA | Marzo 27 de 2019

En la primera salida de campo a Vichada, la Comisión estuvo en el municipio de Cumaribo. La entidad se reunió con organizaciones campesinas y visitó dos resguardos indígenas.

“Tierra de nadie”. Muchos la ven y la llaman así. Con esa idea se ha justificado el despojo, la ocupación y la apropiación, muchas veces violenta, de inmensas extensiones de tierra en la Altillanura colombiana. En los años cincuenta y sesenta, se convirtió en el hogar de miles de familias campesinas que huyeron de otras regiones del país a causa de La Violencia bipartidista. “Tierra de nadie”. Disputada por hacendados, ganaderos, esmeralderos, narcotraficantes y hasta por religiosos evangelizadores. Botín de los ejércitos privados de Víctor Carranza y de las tropas de civiles armados de Gonzalo Rodríguez Gacha. Corredor estratégico de cocaína. Zona de despliegue paramilitar. Territorio de consolidación de los Carranceros, de las Autodefensas Campesinas de Meta y Vichada, del Bloque Centauros de las AUC, del Bloque Central Bolívar de alias Macaco, del Ejército Revolucionario Popular Antiterrorista Colombiano y del Frente Libertadores del Vichada. “Tierras de nadie”, de suelos rojizos, poco fértiles, polvorosos en verano y lodazales en invierno. Aparentemente inhóspitas, desoladas, vacías. Lugar donde se creó y operó el Frente 16 de las Farc. “Tierras sin dueño”. Abruptamente adueñadas, cercadas, acumuladas. Irregularmente compradas, vendidas y tituladas. Tierras para la expansión de empresas agroindustriales, caucheras, cañeras y forestales.

Pero, si son tierras de nadie, ¿qué son sus pobladores ancestrales? ¿son nada? ¿son nadie?

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En Vichada habitan 9 pueblos indígenas y cientos de familias campesinos colonos que, desde la década de 1950, han llegado desplazados a este departamento.

“Antes de hablar de frentes, bloques, ejércitos, comandantes, bases militares, corredores estratégicos y narcos, tenemos que concentrarnos en una verdad elemental que pocos reconocen. Y esa verdad es que existimos; que, pese a todos los intentos de exterminio, sobrevivimos física y culturalmente, y que estas sabanas a las que llaman ‘tierra de nadie’ en realidad han sido territorio de los pueblos Sikuani, Piaroa, Sáliba, Amoroua, Puinabe, Kurripako, Piratapuyo y Cubeo desde hace siglos”. Así lo dijo Bibiano, un joven sikuani, durante el primer encuentro con mujeres y autoridades indígenas de Chololobo Matatú, uno de los 22 resguardos indígenas del Vichada.

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Esta es la escuela Chololobo Matatú. Allí la Comisión se reunió con mujeres, jóvenes y autoridades indígenas del resguardo.

Bibiano tiene razón. No hay forma de entender y esclarecer la verdad de la guerra en esta región sin antes reconocer lo que para muchos es aún invisible: la existencia de los pueblos indígenas de la Altillanura, sus culturas milenarias, su presencia y su resistencia histórica en este territorio.

En el resguardo de Santa Teresita de Tuparro, ubicado a dos horas del centro poblado de Cumaribo, un médico tradicional sikuani explicó que para su pueblo la palabra xanijamü (verdad) es sinónimo de respeto. Negar la verdad, ocultarla o distorsionarla es motivo de vergüenza social, un atropello a la dignidad de la sociedad colectiva y a los principios de solidaridad y buen vivir. Quien miente debe esconderse por un tiempo o marcharse definitivamente de la comunidad.

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En el Resguardo Santa Teresita de Tuparro viven indígenas de los pueblos Sikuni, Piratapuyo y Piapoco. Allí la Comisión se reunió con 16 autoridades indígenas.

A la luz de la cultura sikuani, esclarecer la verdad del conflicto armado es ante todo un gesto de respeto con los pueblos ancestrales y de dignificación de la sociedad en general. Pero esa verdad será genuinamente respetuosa si conduce a entender los porqués del conflicto, a reconocer que este tiene causas tan hondas y complejas como el racismo, y que, con su fuerza destructora, la guerra no solo les ha hecho daño a individuos, sino que ha fracturado culturas enteras.

El desafío más grande -dice Elizabeth Apolinar, miembro del equipo de la Regional Orinoquía de la Comisión- “es entender que la negación de la dignidad humana, cultural y política de los pueblos indígenas, de las comunidades afro, raizales, palenqueras y rom ha sido más una causa que una consecuencia de este conflicto”.

“El desprecio histórico hacia la vida de estas poblaciones también ha sido combustible de despojos de tierras y desplazamientos masivos como los que han marcado la historia del Vichada, un departamento donde, además, tenemos el desafío de construir una verdad intercultural, que ponga en diálogo las verdades de los pueblos ancestrales y las de los colonos campesinos que han llegado a estos territorios en los últimos 60 años”, anota Elizabeth.

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En Cumaribo también se compartió un espacio con la recién creada Mesa de Coordinación y Articulación de Organizaciones sociales, una iniciativa orientada a impulsar el fortalecimiento organizativo en torno a las Zonas de Reserva Campesina.

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