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Comisión de la Verdad

“En la guerra y por fuera de ella a las mujeres trans nos quieren muertas y calladas”

Testimonio de Raiza Parra, mujer y líder social trans en el departamento de Meta. Cuenta cómo es vivir bajo permanente amenaza, persecución y estigmatización.

INFORME ESPECIAL | Abril 06 de 2020

“En la guerra y por fuera de ella a las mujeres trans nos quieren muertas y calladas”

 

Vivir en un cuerpo como el mío -construido, en transición- significa vivir en amenaza permanente. La vida y el cuerpo en riesgo. Siempre. Todos los días. En todas las calles. A donde quiera que vayamos. En cualquier situación. Y si en la cotidianidad nos persiguen, nos miran con desdén, nos aíslan, nos violan y nos matan, imagínese lo que significa ser una mujer trans en medio de la guerra.  

El sistema sociocultural de antaño todavía es muy radical y mucha gente no quiere que existamos. Nos quieren muertas, calladas o, en su defecto, vestidas y peinadas como hombres. En el conflicto, todos los armados nos imponen sus reglas. Para poder vivir y trabajar, a todos tenemos que cumplirles. No hay salida.

Imagínese lo que a uno le toca. Yo me voy, digamos, a trabajar a Puerto Lleras. Tan pronto llego allá, el primero que me llama a la entrada del pueblo es el comandante de la Policía. “¿Qué viene a hacer usted acá?”, me dice. “Yo vengo a trabajar”, le digo. “¿A trabajar en qué?”, insiste. “A ser estilista”, contesto. “Pues si usted se va a quedar aquí las condiciones son estas, estas y estas” y se suelta el policía con el chorro de condiciones y exigencias. 

Aparte de hablar con el comandante de la Policía, una llega al centro del pueblo y tiene que hablar con el comandante guerrillero. Él pone otras condiciones. Y aparte de estos dos comandantes, a uno lo llama el comandante paramilitar y le impone sus reglas. Como si fuera poco, toca lidiar con los narcos y con los que manejan la prostitución. Si una tiene suerte, la dejan trabajar. Si una tiene un poquito de suerte, le dicen “lárguese” y no la dejan ni asomarse al pueblo. Y si una no tiene nade de suerte, la matan.

En la guerra, igual que en el resto de la vida, nos matan por hablar, por vestirnos así, por maquillarnos asá, por “inmorales”, por “anormales”, por “monstruosas”, por “incorrectas”, por “desviadas”. Nos matan para advertirle al resto de la gente que quien se atreve a ser trans no le queda sino morirse. Nos matan porque nos ven como el enemigo: si fulana se metió con un guerrillero, entonces enemiga de los militares y de los paramilitares. Si fulana se metió con un paramilitar, entonces enemiga de la guerrilla. Si fulana es trabajadora sexual, entonces seguro es la sapa del pueblo, la que lo ve todo, la que lo escucha todo y la, por tanto, tiene que ser “dada de baja”.

Para existir tenemos que acatar las reglas que todos los armados se inventan. Fuera del conflicto armado, en el diario vivir, donde quiera que lleguemos, nos toca lo mismo: vivir la vida condicionadas por las leyes del odio, del asco y de las fobias.

 

 

En muchas situaciones (casi en todas) nosotras solo contamos con otras mujeres trans. Podemos andar muy solas por la vida (esta vida, de hecho, es solitaria), pero cuando nos desplazan, nos acechan y nos persiguen, sabemos que contamos las unas con las otras. En cualquier lugar del mundo hay una trans y esa trans es una potencial amiga, un potencial refugio, un potencial consuelo. Entonces, cuando a una la sacan del pueblo y le dicen “le doy tres horas para que se vaya o si no la mato” y una sale y no alcanza a sacar ni siquiera la plata que tiene por ahí guardada, ¿a quién busca?, pues al refugio, a la trans del otro pueblo, a la amiga, conocida o referenciada, pero amiga. Así, de refugio en refugio, sobrevivimos. De refugio en refugio, nos hacemos fuertes, resistimos.

Resistir significa mantenerse viva y digna en este cuerpo que he construido, que he transitado, que es hermoso. No hay nada más humillante que sentirse obligado a ser lo que uno no quiere ser. Muchos han querido que este cuerpo en el que yo vivo -construido, transitado, hermoso- se acabe. Yo he pensado mucho en esto y solo sé que el día en que por equis o ye motivo tenga que dejar de ser Raiza, el mundo se acaba.

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