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Comisión de la Verdad

“En estado de emergencia y de incertidumbre vivimos desde que nos expulsaron de nuestras tierras”

Así lo expresan campesinos del barrio La Nohora en Villavicencio, poblado por personas desplazadas de Guaviare y de municipios de Meta como Uribe y Mapiripán. En tiempos de pandemia, reflexionan sobre las crisis sociales y humanitarias que han enfrentado.

TERRITORIOS | Julio 01 de 2020

“En estado de emergencia y de incertidumbre vivimos desde que nos expulsaron de nuestras tierras”

 

La vida de Omar en zona rural de San José del Guaviare dejó de ser posible cuando, en el año 2000, paramilitares amenazaron con llevarse a todos los hombres de su familia. Amenazas anunciadas, amenazas cumplidas. Se llevaron a su primo, a su tío, a su hermano, a su cuñado. Cuando fueron por ellos hubo más insultos y balas que explicaciones. Se los llevaron poco a poco. Fueron, a decir de Omar, “sustos y dolores graneaditos”. Quedaron solo tres de los diez hombres de la familia. Entonces, Omar huyó. En Guaviare dejó un rancho, un lote pequeño donde sembraba lo que comía, 30 gallinas, un gallo fino, seis vacas y una atarraya de nylon para pescar. Pocas cosas, pero, para Omar, la vida entera. Omar huyó con su hija. La huida concluyó en un potrero a las afueras de Villavicencio donde armó un cambuche con palos y plásticos.

 

la nohoraFOTO 2Ericinda tiene 90 años. En el 2003 fue desplazada de Uribe, Meta. Desde entonces vive en un cambuche en un barrio marginal de Villavicencio.

 

La vida de Ericinda dejó de ser posible en Uribe, Meta, cuando la guerra latente se hizo inminente y estalló en plomo y glifosato. Fue en el 2003, el año en que se puso en marcha el Plan Patriota. El Ejército Nacional entró abruptamente al caserío donde Ericinda vivía y, desde entonces, los bombardeos y los combates con la guerrilla de las FARC-EP -que controlaba la zona- se hicieron más frecuentes, más fatigantes. Ericinda se levantaba todos los días antes de las cuatro de la mañana a preparar los desayunos y los almuerzos de su hijo y de otros vecinos que salían a jornalear. Una madrugada de mayo un joven campesino llegó corriendo a su casa. Le dijo que el Ejército ya venía en camino y que se iba a armar una batalla. “Piérdanse o muéranse”, sentenció el joven. Esa fue la última vez que Ericinda preparó desayunos en su fogón de leña. La señora, que entonces tenía 73 años, huyó. Salió con sus dos hijos, con su cédula y con la ropa que tenía puesta. La huida concluyó en una caseta hecha de bolsas de plástico y de un remedo de tejas de zinc ubicada en la punta de una loma en la periferia de Villavicencio. 

 

Barrio La Nohora, Villavicencio, Meta

 

El lugar al que Omar y Ericinda llegaron después de ser expulsados de sus tierras es La Nohora, un barrio ubicado en la vía que de la capital del Meta conduce al municipio de Acacías. Antes de ser un barrio, las casi 20 hectáreas de lo que hoy es La Nohora hacían parte de una propiedad que, a finales de los noventa y principios de los años 2000, fue poblado por cientos de familias campesinas desplazadas de Guaviare y de municipios de Meta como Mapiripán, Puerto Concordia, Puerto Rico, Vistahermosa, Mesetas, Puerto Gaitán y Uribe, lugares donde la guerra entre grupos paramilitares, guerrilla y fuerza pública se degradó a tal punto que vació veredas, pueblos y caseríos enteros.  

A La Nohora se lo conoce como “periferia”, “invasión” o “cinturón de miseria”. Periferia, porque está en el borde: en el borde de la ciudad, en el borde de una carretera, y al borde siempre del colapso, pues buena parte de los cambuches y de las casetas del asentamiento se alzan sobre una montaña que amenaza con venirse abajo todo el tiempo. Lo llaman invasión porque las personas que lo habitan no pidieron permiso para habitarlo. A la fuerza los desplazaron del campo y a la fuerza se ubicaron en ese lugar para vivir. Y lo llaman cinturón de miseria, por la física miseria en la que viven sus vecinos. 

 

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En este barrio habitan casi 2.000 familias con historias como las de Omar y Ericinda. 2.000 familias para las que la vida en el campo dejó de ser posible. José, desplazado del caserío La Julia del municipio de Uribe y habitante del barrio, explica así esta imposibilidad de vivir en el campo:

“Había gallinas, había comida, había río, había pescado, hambre no pasábamos, había vecinos, había Junta de Acción Comunal, había parientes. Si no había plata para comer, había trueque. Nadie mendigaba. Nadie comía del basurero. Había vida pese a todas las carencias, pero vida dejó de haber cuando la guerra vino como masacre, como hermanos decapitados en plena cancha del pueblo, como hijos desaparecidos, como bombardeos y combates diarios. ¿Qué vida es posible en un lugar donde todas las personas tienen que cavar trincheras en sus casas, al lado de las camas donde duermen, para esconderse de las balaceras?”.

De una vida imposible en el campo, las familias desplazadas de La Nohora pasaron a una casi imposible en la ciudad: la vida del rebusque, la de la mendicidad, la del desempleo, la del hambre, la de la incertidumbre y, sobre todo, la de las ausencias. Ausencia de techo, de seres queridos, de trabajo digno, de tradiciones y costumbres, de comunidad, de servicios básicos, de futuro.

En barrios como este se concentran verdades complejas sobre el fenómeno del desplazamiento forzado. Los relatos de la gente que vive allí revelan esta forma de violencia como una experiencia de abrupta disgregación y fractura. En la huida que el desplazamiento impone, se rompen la cultura, la identidad, los significados que la gente le da a su mundo y a su vida. Parafraseando al comisionado y antropólogo Alejandro Castillejo: el desplazamiento forzado fractura la projimidad, esos lazos que, invisibles, nos unen a otros.

 Los relatos de los vecinos de La Nohora hablan de éxodos, de caminatas eternas y sin rumbos definidos, de la agonía de dormir durante años en cambuches y de soportar los olores de las aguas negras que se atraviesan, como ríos, por la mitad de sus colchones y sus cocinas. Hablan de un Estado al que poco le importa que sus ciudadanos vivan la vida como una agonía y de una sociedad que, pese a su evidente y exuberante presencia, ignora y mira con sospecha a los desplazados, “como si en verdad fuéramos portadores de un virus, del mal o de una peste”, dice Omar.

Pero sus relatos también hablan del desplazamiento forzado como una forma de negación de las vidas y las culturas campesinas y como una estrategia para vaciar el campo de personas y comunidades que, en palabras de José, “son indeseables e incómodos” para ciertos proyectos políticos y económicos.

“Da la impresión de que los bombardeos, las masacres, las torturas, los combates, las desapariciones y todo lo que nos tocó vivir hicieron más fácil el desalojo de nuestras tierras. ¿Para qué las desalojaron con tanta barbaridad? ¿Para dárselas a las industrias agrícolas? ¿Para sembrar la palma? ¿Para sacar petróleo? ¿Para levantar ganaderías? ¿Para hacerle la vida y el negocio más fácil a los narcos? ¿Para dejar esos terrenos vacíos, con casas pudriéndose y escuelas cayéndose? ¿Para qué y a quién le sirve un pueblo desolado, vacío?”, se pregunta José.

 

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En La Nohora no hay nada resuelto: ni las preguntas por el pasado doloroso, ni los reclamos de justicia de sus habitantes, ni el goce de los derechos más elementales, ni la comida de esta noche, ni el desayuno de mañana. La vida de buena parte de la gente del barrio se resume en este permanente estado de incertidumbre y emergencia y en una cadena interminable de crisis sociales, sanitarias y humanitarias.

Contingencias como la del COVID-19 agudizan esta realidad y ponen de manifiesto que, aunque hay violencias que hacen parte del pasado y de la memoria de las personas de La Nohora, hay otras que permanecen intactas en las estructuras, que profundizan la precariedad de sus vidas, que acentúan el daño humano y moral que la guerra ocasionó y que hacen imposible reparar esas heridas que no se reparan con indemnizaciones: las que degradaron su integridad humana y las que rompieron los vínculos culturales y los lazos de projimidad y comunidad.

 

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la nohoraFOTO 8Durante la contingencia del Covid-19, mujeres de La Nohora crearon fogones comunitarios para aliviar el hambre de sus vecinos.

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