Abrir panel
Comisión de la Verdad

“Soy campesina y quiero saber quiénes y para qué me querían fuera de la tierra que cultivaba”

Patricia Peña, cofundadora del barrio 13 mayo de Villavicencio, uno de los lugares con más población desplazada de esa ciudad, cuenta la historia de su huida y de su liderazgo.

INFORME ESPECIAL | Abril 07 de 2020

“Soy campesina y quiero saber quiénes y para qué me querían fuera de la tierra que cultivaba”

 

Cuando llega la guerra con su estruendo -el de las hélices de los helicópteros en el cielo, el de las botas de los armados en la tierra y el de las balas volando por el aire como pájaros desesperados- lo único que uno hace es abrazar, sobreproteger a los que más ama y, como una gallina clueca, meter a los pollitos debajo de las alas porque allí, abrazados, están a salvo de la muerte. O quizá no. Quizá no están a salvo de nada. Pero en esos momentos uno siente que los brazos y los abrazos se hacen de hierro.

Allá, en el pueblo, las mujeres vivíamos preparadas para huir. Las vecinas siempre nos decían: “mantengan una muda de ropa para ustedes y para sus hijos en caso de que tengan que salir corriendo”. Y eso hacíamos. Cuando llegaban los armados agarrábamos la maleta y ¡córrale con los pollitos por donde se pueda! Eso hace una mamá desplazada. Salir corriendo. Adelante los pollos porque atrás peligran.

No hay angustia más grande que esa huida. Uno corre y corre y no sabe si le van a dar un tiro por la espalda. Uno corre y corre sin saber a dónde va a parar después de ese trote.

Entonces uno llega a la ciudad, con las manos vacías y el alma vaciada, y solo piensa en lo mucho que aró las tierras, en todo lo que las trabajó, en lo que sudó tratando de levantar una casa y un cultivo, en el agua clarita del caño, en los niños chapoteando al mediodía en esas aguas… Uno piensa y se pregunta “¿qué hago ahora?”. Y al principio no hay ideas, solo hay dolor, porque uno siente que la vida entera son esas tierras de donde lo sacaron -donde no hay riquezas, pero donde no hace falta nada- y de repente resulta que no, que hay que irse para salvarse.

 

patricia pena 2

 

De Vichada me vine a Villavicencio, al barrio 13 de mayo. Cuando llegué, el barrio todavía no era barrio, sino un tierrero lleno de cambuches de techos de plástico y paredes de lonas verdes que otras mujeres desplazadas habían levantado para refugiarse.

Yo digo que acá, en la ciudad, sacamos ese liderazgo que teníamos escondido, que habíamos aplazado y que no habíamos hecho sentir cuando vivíamos en el campo. Acá hicimos público nuestro tesón. Aprendimos a hablar y a exigir en voz alta. Aprendimos de leyes y de derechos humanos; organizamos nuestros tesones y nuestras angustias y, organizadas, levantamos esta comunidad.  

Nosotras, las mujeres, fuimos las que convertimos el tierrero en barrio, los cambuches en casetas y las casetas en ranchos. Para los hombres nuestra palabra no valía nada. Nos miraban como bichos raros cuando pegábamos ladrillos o cuando salíamos a frentear al Esmad que venía, con gases y bolillos, a sacarnos de este pedazo de potrero que invadimos para tener donde vivir. Como todo eso era “cosa de hombres”, entonces quedamos como las locas del barrio. Pero no nos importó y, al final, a ellos les tocó acostumbrarse a vernos así, en la jugada, reunidas en las calles, llevando la batuta de la organización, volviéndonos presidentas del barrio, sacando el asentamiento adelante.

Que logramos cosas importantes es verdad. Que me siento orgullosa de que que estas cuatro paredes sean de material y no de lona, cierto. Que me ilusiona seguir bregando por traer agua potable al barrio, sí. Pero que la vida no volvió a ser la misma, también es verdad. No hay día en que no piense en la finca que me tocó dejar. A veces sueño con el caño de aguas claritas y a veces tengo pesadillas con el soldado que me pateaba la espalda y me decía “gorila”. A veces me acuerdo de la siembra de yuca, de la cría de gallinas, de la cachama recién pescada y se me hacen agua los ojos. No exagero. La gente no entiende que esa es la vida de uno. En fin... ahora lo único que me sobra son las preguntas porque 17 años han pasado desde mi desplazamiento y aún no entiendo por qué me sacaron de mis tierras, para qué se quedaron con ellas, qué hicieron con ellas, qué interés tenían en ese pedazo de finca que yo labraba. Dudo que pase, pero qué alivio si alguien responde.

Comentar:

Artículos destacados

© 2020 Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición

Desarrollado por Pixelpro